jueves, diciembre 02, 2010



No alcanzan los meses y los siglos, para sentenciar el fondo de una lágrima. Aquella que nace y rueda por el filo acantilado de las mejillas, para morir salada en la garganta.

Fuiste un escape, un trueno de alas negras o una inconclusa incisión en las ventanas, el azote feroz de un labio muerto, que intenta frenar los pasos y los tiempos embriagados entre sábanas.

Caminé por tus mesetas dormidas, de piel y piedra, por tus caminos de piernas y espigas, por tus manantiales de gemidos transparentes, de sonora oquedad clandestina, que hilaban las horas suavizadas por tus senos.

Te mesclaste con el trueno y la luz, que agolpa su luctuoso torrente de quebranto, en un muro de sal triangular, que aúlla sombras de nieve y  soledad. Te marchaste inventando pesadillas y escafandras, y te hundiste de lleno en el lago oscuro de un ayer acostado de lado.

No alcanzan los siglos ni las tumbas, para resucitar un pasado inmóvil y lineal. Un escozor espeso y frío nace de tu recuerdo.

©Patricio Sarmiento Reinoso

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