viernes, abril 15, 2011



La muralla es la osamenta donde el tiempo deambula,
asienta sus rodillas de limo en las costillas de horas desdentadas.

El niño observa el fermento de su piel de ladrillo y musgo,
donde crece un silencio de insecto y plenilunio
donde juega con la vorágine amarga de sus escamas de piedra.

El niño sacude sus rincones de infancia
frente a su sombra de frío,
cierra los ojos
y se imagina saltar la muralla hacia lo descolorido
toca sus tabiques mullidos de arena y desencanto.

La muralla lo siente y lamenta ser mampostería
que no puede abrazarlo

El niño amasa la tierra y los ladridos aborígenes del tiempo.

La muralla lo observa,
sabe que no puede más que masticar los caparazones de cemento y polvo
que constituyen sus propias ruinas pegajosas y eternas.

El niño espera paciente su siguiente mañana.

La muralla y el sol,
conforman un único elemento de luz y piedra cuando amanece.
El sol calienta sus oxidados ladrillos,
la muralla en espera que aparezca su compañero.

El niño despacio llega
contento de compartir su fuga
con la eterna muralla


©Patricio Sarmiento Reinoso

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