martes, diciembre 27, 2011



En el último día del año, escucho el trinar de signos interminables, donde se estremecen y estallan las horas diminutas, cantan los reflejos de los recuerdos junto con sus sombras, respiro espacios consumados y eternos, donde el pasado es un  garabato que se borra, y el futuro es follaje de vidrio.

La palabra se me vuelve sólida en el paladar, siento que una evocación ciclópea me brota por una ventana de alfiler, siento como si la luna lloviera sílabas de tambor, respirando horas y precipicios de tiempo. Miro fuegos incoherentes de artificio, que intentan tocar tu estrella de llama y caminan sorteando la negrura indomable de la última noche.

En la última noche del año, me prendo, me apago, me incinero vivo y tiemblo, con medio juramento atravesado en la garganta, un juramento clandestino, casi transparente, de tertulia horizontal con los nuevos días, en su propio idioma de calendario, aplicando su misma caligrafía que gravita y se vuelve infinita, cuando se desvanece el último segundo congelado.

En el último segundo del año, te tomo de la mano y sonrió, porque siento a través de ella, tu pulsación acumulada, casi impalpable. No pienso en nada, solamente disfruto el poder escuchar tus latidos.


 27 de diciembre de 2011

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